Los que dibujamos después de Francisco de Goya, lo hacemos para poder digerir a Goya y así, algún día, asimilar la fractura de la modernidad.
El manso consenso de la luminosidad, de la certeza, de ponerse de acuerdo en lo obvio (cuando es en lo obvio que se esconde la trampa), adormece en la repetición excitada de un guion preescrito por los asesores.
Hay que escapar de una comunicación unívocamente inteligible, que anule el deleite; es obligación resistir para mantener el enigma, no ser totalmente descifrable y obligar a pensar otros mundos, porque este está saturado de una luz tan blanca que vira al azul, a la ceguera. Decir sombra.
Intentamos poner en página a sujetos individual y colectivamente traumatizados por el abuso, y que sea una fiesta.
En épocas de hipermedios, en la que el flujo de nuevas y repetidas imágenes es constate, te invitamos a que tengas el original que se imprimió en la prensa. Una obra única.
La experiencia estética después de Auschwitz y durante Gaza no sólo es posible, sino que es necesaria.
El Perro luchando contra la corriente, otro semihundido, nos acompaña.
