Manifiesto

Lleguemos a un acuerdo: todos los que dibujan después de Francisco de Goya, lo hacen para que podamos digerir a Goya y así, algún día, asimilar la fractura de la modernidad.

La incertidumbre, la pregunta, el decir no, son los primeros amagues de libertad cuando el dominador propone respuestas únicas y sin contraste.

El manso consenso de la luminosidad, de la certeza, de ponerse de acuerdo en lo obvio (cuando es en lo obvio que se esconde la trampa), adormece en la repetición excitada de un guion preescrito por los asesores. El paisaje se puebla de sensatos.

La principal condición del estilo es tener algo para decir, y el poeta nos recomienda decir lo nuestro, ser los últimos en hablar y dar a nuestro decir sentido, darle sombra. Dice la verdad quien dice sombra.

Francisco de Goya grita que hay que escapar de una comunicación unívocamente inteligible, que anule el deleite; que es obligación resistir para mantener el enigma. Mantenerse en el gesto para no ser totalmente descifrable y obligar a pensar otros mundos, porque este está saturado de una luz tan blanca que vira al azul, a la ceguera.

La experiencia estética después de Auschwitz no sólo es posible, sino que es necesaria.

El Perro luchando contra la corriente, otro semihundido, nos acompaña.

Mariposas